24.5.10

Del tiro del pantalón

Pablito y su madre descendían por la escalera automática desde La Terraza de Plaza donde acababan de comer. La madre lo había llevado de compras ya que se acercaba el inicio del año escolar y Pablito necesitaba urgentemente pantalones nuevos para comenzar bien el octavo grado. Eso era lo que su madre reafirmaba cuando Pablito sintió una irresistible fuerza magnética que lo halaba hacia la vitrina de Kokomo, decorada en todo su esplendor con luces neón y palmas plásticas. Ahí estaba, la patineta negra y azul, con un diseño psicodélico fantástico y ruedas verdes transparentes. La patineta estaba brutal.

Nadie habría logrado despegar a Pablito de aquella vitrina. Excepto su madre.

-¡Pablito! ¡Vamos ya! Tú siempre pierdes el tiempo con boberías.
-Pero, mami, es que…
-Bueno, ¡ya! La tienda es muy bonita, pero ahí no vamos a encontrar pantalones.

Y, dándole un tirón, siguió su camino hacia Macy’s. Allí, la madre parecía estar en su elemento. Se veía sonrosada y sus ojos destellaban una luz sideral, como los de una niñita ante una casita de muñecas, o los de Pablito frente aquella patineta. Imperativamente llamó a una vendedora para preguntar si la talla de unos pantalones estaba marcada correctamente; los veía muy largos de tiro.

Mientras tanto, Pablito, resignado, miraba el piso con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo el vaso de refresco tamaño “jumbo” que pidió con su almuerzo. Vestía una camiseta gris, metidita en el mahón, y zapatos deportivos. No parecía estar muy interesado en la conversación entre su madre y la vendedora, ni en los pantalones que se iban amontonando sobre un estante de ropa. Tendría que probárselos todos, probablemente, hasta que su madre estuviese satisfecha. Y, a todas estas, no podía dejar de pensar en la tan deseada patineta.

De súbito, la madre lo empujó hacia el probador con la montaña de pantalones cayéndole encima como avalancha de colores neutrales. Obedeció, pero no sin antes balbucear algo que nadie escuchó. Se metió en el probador y comenzó a ponerse y quitarse un pantalón tras otro. Kakis, grises, azules; todos se veían iguales.

Su madre ya perdía la paciencia.

-¡Pablito, sal ya! Quiero ver cómo te quedan.
-Todo son iguales. ¿Qué impor...?
-Pablito, sal ahora mismo y déjate ver, ¡por Dios!

Dejó salir un suspiro y, con los ojos mirando el techo, como si alguien allá arriba pudiese entenderlo, salió del probador chupando el sorbeto en plena subordinación.

-¡Pero, si mira, qué guapo te ves! Este pantalón es para nenes grandes, ¿no te parece? -preguntó retóricamente a la vendedora que afirmaba con la cabeza-. Date la vuelta, Pablito. ̶̶̶ Ordenó-. A ver si hay que cogerles ruedo.

En ese preciso instante divisó en aquel lugar a una joven de sinuosa figura que se acercaba a ellos. Pablito hizo un gran esfuerzo por desviar su mirada de aquel cuerpo, pero la fuerza de atracción era abrumadora, incluso más aún que la que radiaba la patineta. Se trataba de Michelle, su vecina de 19 años. Desde siempre había sido ella el objeto de su afecto, de su pasión, de su deseo pueril; y allí estaba, como flotando hacia sus brazos que se estrechaban para recibir al ser más perfecto que sus dichosos ojos alguna vez vieran.

Cuando, de repente, su madre le agarró el tiro del pantalón.

-¿No te quedarán grandes?—decía a la misma vez que Pablito accidentalmente derramaba lo que quedaba del refresco encima de ella y del susodicho pantalón.

-Pero, ¡Pablito! ¡Qué es esto? ¡Qué es este desastre? ¡Qué torpe eres!
-Van a tener que pagar ese pantalón—amenazó la vendedora.

Pablito se quedó estupefacto. Estaba lívido, nervioso, incómodo y confundido, todo a la misma vez. Y, como si fuera poco, Michelle estaba parada a su lado.

-Hola-logró balbucear.
-¡Michi! ¿Cómo estás? ¿Y tu familia?—exclamó la madre.
-Pues, súper bien, gracias a Dios. ¿Y ustedes, que tal?—contestó.
-Ya nos ves, aquí, comprando pantalones para este muchachito. Pero, no sé qué le pasa hoy que está hecho un desastre.
-Ja, ja. ¡'Dito! ¿Qué fue? ¿Se te cayó el refresco?

Pablito sintió un golpe sofocante que lo sacudió de arriba hasta abajo. Por su cara recorrieron todos los colores del arco iris. Hasta las orejas se le calentaron de forma tal que sintió el cambio de temperatura por el cuerpo entero. Permaneció boquiabierto, sin saber qué decir, mirando a su alrededor, desesperado, buscando por dónde escapar. Las mujeres charlaron por unos minutos, pero Pablito seguía estático. De nuevo, la madre lanzó otra orden:

-Ve y cámbiate que ya nos vamos.

Pablito comenzó a caminar de vuelta al probador mientras las mujeres finalmente se despedían con besos y abrazos y cariños para toda la familia. Michelle dijo, “adiós Pablito” acompañado de un gesto de la mano, y se dio la vuelta dejando en los ojos del niño el rastro de un deseo quimérico.

Con esto, Pablo se detuvo; se cuadró frente a su madre sin ceder una sola pulgada. Levantó la cabeza, infló el pecho y...

-Pero, ¿todavía tienes el pantalón puesto?-dijo su madre. -¡Acaba y cámbiate! Tú sigues aquí con cara de bobo... ¡Avanza, avanza!

-¡Déjame quieto!- gritó por vez primera.
-¿Qué..?
-Tengo pantalones en casa, no necesito pantalones nuevos. Déjame quieto y ya. Vete a hacer lo tuyo y déjame quieto.

La madre se quedó atónita. Su hijo jamás le había hablado así. Pausó un momento para recuperarse de la sorpresa, y, antes de decir palabra alguna, acarició la cara de su hijito querido. Sonrió.

-Vamos, mi niño—dijo melosamente y se dio la vuelta.

Pablito se quedó pasmado. ¿Qué pasaba? ¿No acababa de hablar él con muchísima vehemencia? ¿Cómo era posible que no lo hubiese escuchado? ¿No entendía? ¿Qué pasaba? Pablito no lograba entender la actitud de su madre; esperaba una reacción más violenta, pero, ni eso. Miraba el piso, buscando una respuesta para la nueva incógnita. Pero, como no la encontró, volvió al probador a quitarse los pantalones mojados que se llevaría a casa. Ese día sufrió una triple derrota. Tal vez, algún día, volvería a Plaza las Américas sin su madre y, quizá, entonces, podría comprarse una patineta.

10.4.10

Eureka! -ish


I successfully made myself some quasi-ataí--Moroccan mint tea. It had been four years since I had enjoyed this delicious hot drink, and now I kind of developed my first draft of the recipe through trial and error. Here are the steps:

1) boil water :)
2) rinse 4 mint leaves, place in cup, and lightly "bruise" with a wood pestle to release flavor
3) add 2 tsps. of brown sugar to boiling water
4) add a wee bit of lemon zest
5) pour water into cup with mint leaves
6) let it sit for a little while so the water becomes really infused with flavor

Real ataí is made with green tea as a base and, thus, it has caffeine. I have to get some for my next try. Yay. :)

*Mine really did look like the one in the picture!*

7.4.10

Funny Things

I took a nap earlier today. I can't remember what I was dreaming exactly, but one of my dream-friends cracked a joke that made me chuckle. That is, it made the real me chuckle, not dream me. I woke up between laughing and gasping for air; it seems laughing in your sleep can be dangerous. Either way, it was a nice way to wake up.

30.3.10

Remembering Silly Me: Uno


When I was in 7th grade, I received anonymous threats in my locker. I never really knew who left them, but I always had my suspicions. Upon retrospect, the notes were actually really lame, but when you're 12 years old and someone wants you dead, it kind of gets to you. They also left graphic manifestations of their ill wishes in the form of stick figures with X's over their eyes and little pools of blood under their stick arms. I didn't say anything immediately, but after the third note or so I felt I had to tell the teacher. She suggested I wrote the following message on the chalkboard for all to read: "How can I help you if I don't know who you are?" My classmates didn't know what that was all about, so they all thought I was a douche. On the plus side, I never got threatened again.

10.3.10

One Art

The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster,

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next-to-last, of three beloved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

-- Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (Write it!) a disaster.

By Elizabeth Bishop

2.3.10

A.M.

La saña despierta.
Burbujea en el café
a las siete de la mierda.
Casi ocho,
de camino al infierno.
[Cómo duelen los ojos
entre el sol y el sueño].
Seguimos pa'lante:
bo-QUE-te, bo-QUE-te, ¡PARA!
El alma por poco escapa.
Bocina, ¿pa' qué te quiero?
[Le tengo un nuevo aprecio].
Ya tan cerca y tan lejos,
amarilla y acelero.
Piso el suelo:
¡Gloria en el Cielo!
Llego a tiempo
y solo hay tres.

(Inspirado en hechos y sentimientos de la vida real; adornado con dramatismo y lenguaje hiperbólico).