Pablito y su madre descendían por la escalera automática desde La Terraza de Plaza donde acababan de comer. La madre lo había llevado de compras ya que se acercaba el inicio del año escolar y Pablito necesitaba urgentemente pantalones nuevos para comenzar bien el octavo grado. Eso era lo que su madre reafirmaba cuando Pablito sintió una irresistible fuerza magnética que lo halaba hacia la vitrina de Kokomo, decorada en todo su esplendor con luces neón y palmas plásticas. Ahí estaba, la patineta negra y azul, con un diseño psicodélico fantástico y ruedas verdes transparentes. La patineta estaba brutal.
Nadie habría logrado despegar a Pablito de aquella vitrina. Excepto su madre.
-¡Pablito! ¡Vamos ya! Tú siempre pierdes el tiempo con boberías.
-Pero, mami, es que…
-Bueno, ¡ya! La tienda es muy bonita, pero ahí no vamos a encontrar pantalones.
Y, dándole un tirón, siguió su camino hacia Macy’s. Allí, la madre parecía estar en su elemento. Se veía sonrosada y sus ojos destellaban una luz sideral, como los de una niñita ante una casita de muñecas, o los de Pablito frente aquella patineta. Imperativamente llamó a una vendedora para preguntar si la talla de unos pantalones estaba marcada correctamente; los veía muy largos de tiro.
Mientras tanto, Pablito, resignado, miraba el piso con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo el vaso de refresco tamaño “jumbo” que pidió con su almuerzo. Vestía una camiseta gris, metidita en el mahón, y zapatos deportivos. No parecía estar muy interesado en la conversación entre su madre y la vendedora, ni en los pantalones que se iban amontonando sobre un estante de ropa. Tendría que probárselos todos, probablemente, hasta que su madre estuviese satisfecha. Y, a todas estas, no podía dejar de pensar en la tan deseada patineta.
De súbito, la madre lo empujó hacia el probador con la montaña de pantalones cayéndole encima como avalancha de colores neutrales. Obedeció, pero no sin antes balbucear algo que nadie escuchó. Se metió en el probador y comenzó a ponerse y quitarse un pantalón tras otro. Kakis, grises, azules; todos se veían iguales.
Su madre ya perdía la paciencia.
-¡Pablito, sal ya! Quiero ver cómo te quedan.
-Todo son iguales. ¿Qué impor...?
-Pablito, sal ahora mismo y déjate ver, ¡por Dios!
Dejó salir un suspiro y, con los ojos mirando el techo, como si alguien allá arriba pudiese entenderlo, salió del probador chupando el sorbeto en plena subordinación.
-¡Pero, si mira, qué guapo te ves! Este pantalón es para nenes grandes, ¿no te parece? -preguntó retóricamente a la vendedora que afirmaba con la cabeza-. Date la vuelta, Pablito. ̶̶̶ Ordenó-. A ver si hay que cogerles ruedo.
En ese preciso instante divisó en aquel lugar a una joven de sinuosa figura que se acercaba a ellos. Pablito hizo un gran esfuerzo por desviar su mirada de aquel cuerpo, pero la fuerza de atracción era abrumadora, incluso más aún que la que radiaba la patineta. Se trataba de Michelle, su vecina de 19 años. Desde siempre había sido ella el objeto de su afecto, de su pasión, de su deseo pueril; y allí estaba, como flotando hacia sus brazos que se estrechaban para recibir al ser más perfecto que sus dichosos ojos alguna vez vieran.
Cuando, de repente, su madre le agarró el tiro del pantalón.
-¿No te quedarán grandes?—decía a la misma vez que Pablito accidentalmente derramaba lo que quedaba del refresco encima de ella y del susodicho pantalón.
-Pero, ¡Pablito! ¡Qué es esto? ¡Qué es este desastre? ¡Qué torpe eres!
-Van a tener que pagar ese pantalón—amenazó la vendedora.
Pablito se quedó estupefacto. Estaba lívido, nervioso, incómodo y confundido, todo a la misma vez. Y, como si fuera poco, Michelle estaba parada a su lado.
-Hola-logró balbucear.
-¡Michi! ¿Cómo estás? ¿Y tu familia?—exclamó la madre.
-Pues, súper bien, gracias a Dios. ¿Y ustedes, que tal?—contestó.
-Ya nos ves, aquí, comprando pantalones para este muchachito. Pero, no sé qué le pasa hoy que está hecho un desastre.
-Ja, ja. ¡'Dito! ¿Qué fue? ¿Se te cayó el refresco?
Pablito sintió un golpe sofocante que lo sacudió de arriba hasta abajo. Por su cara recorrieron todos los colores del arco iris. Hasta las orejas se le calentaron de forma tal que sintió el cambio de temperatura por el cuerpo entero. Permaneció boquiabierto, sin saber qué decir, mirando a su alrededor, desesperado, buscando por dónde escapar. Las mujeres charlaron por unos minutos, pero Pablito seguía estático. De nuevo, la madre lanzó otra orden:
-Ve y cámbiate que ya nos vamos.
Pablito comenzó a caminar de vuelta al probador mientras las mujeres finalmente se despedían con besos y abrazos y cariños para toda la familia. Michelle dijo, “adiós Pablito” acompañado de un gesto de la mano, y se dio la vuelta dejando en los ojos del niño el rastro de un deseo quimérico.
Con esto, Pablo se detuvo; se cuadró frente a su madre sin ceder una sola pulgada. Levantó la cabeza, infló el pecho y...
-Pero, ¿todavía tienes el pantalón puesto?-dijo su madre. -¡Acaba y cámbiate! Tú sigues aquí con cara de bobo... ¡Avanza, avanza!
-¡Déjame quieto!- gritó por vez primera.
-¿Qué..?
-Tengo pantalones en casa, no necesito pantalones nuevos. Déjame quieto y ya. Vete a hacer lo tuyo y déjame quieto.
La madre se quedó atónita. Su hijo jamás le había hablado así. Pausó un momento para recuperarse de la sorpresa, y, antes de decir palabra alguna, acarició la cara de su hijito querido. Sonrió.
-Vamos, mi niño—dijo melosamente y se dio la vuelta.
Pablito se quedó pasmado. ¿Qué pasaba? ¿No acababa de hablar él con muchísima vehemencia? ¿Cómo era posible que no lo hubiese escuchado? ¿No entendía? ¿Qué pasaba? Pablito no lograba entender la actitud de su madre; esperaba una reacción más violenta, pero, ni eso. Miraba el piso, buscando una respuesta para la nueva incógnita. Pero, como no la encontró, volvió al probador a quitarse los pantalones mojados que se llevaría a casa. Ese día sufrió una triple derrota. Tal vez, algún día, volvería a Plaza las Américas sin su madre y, quizá, entonces, podría comprarse una patineta.
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