28.6.13

Sobre lo incierto: cuentos de espanto

Me llamaste a las 9:30 esa mañana. Me dolía la cabeza y la habitación giraba desenfocada sobre mis hombros. Escuché tu voz pero no te entendí hasta que logré distinguir tus palabras de entre el zumbido de mis oídos y el marullo de la calle. Me hablaste, ­­--Amor, ¿cómo estás? ¿Sigues dormido?-- Miré al otro lado de la sala. Pedro estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta.

--No, ya me estaba levantando,-- te mentí. Pedro levantó la cara cuando me escuchó. Confundido, o tal vez asustado, intentó ponerse de pie tan rápido que tropezó con una mesa y cayó al piso con los objetos que la ocupaban.

--¿Qué fue eso? ¿Estás bien?

Siempre te preocupas por mí.

--Sí, ese fue Pedro que se quedó aquí anoche.

--Qué bueno. ¿Él sabe que siempre podrá quedarse con nosotros, verdad?—Siempre te preocupas por todos. Sonreí a pesar de mi asfixie.

Me recordaste la hora, el lazo, los papeles, los anillos y muchas cosas más que no olvidaría, en su mayoría. Te despediste feliz y dijiste que nos veríamos en unas horas. Coloqué el teléfono sobre la mesa. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, Pedro estaba frente a mí, él parado, yo sentado en el sofá, y me miró. –Vamos,-- dijo.

De nuevo cerré los ojos con las mismas fuerzas de antes a ver si esta vez sucedía algo diferente. Sentí que Pedro puso la mano sobre mi hombro. Cuando los volví a abrir ya estaba frente al altar. No sé cómo transcurrieron las horas ni cómo llegué allí. Solo sé que Pedro seguía a mi lado.

Cuando finalmente logré enfocar la vista, miré a lo ancho de la iglesia. A la izquierda estaba mi familia. Vi a mi padrino y su nueva esposa vestida de verde. Él miraba la nada con su pelo tintado de negro mientras ella miraba el teléfono desinteresada. A su lado estaban mis primas, ambas de tonos azules; hablaban entre sí haciendo caras de fascinación, sorpresa, asco, de un sinnúmero de emociones al estudiar los vestidos y peinados de las presentes. Luego vi a mi abuela vestida de rosa. Se veía serena. Mi madre la acompañaba. Ya tenía el pañuelo sobre la falda. Ella también vestía de verde. Quedaba un espacio vacío donde luego se sentaría mi padre.

De tu lado de la iglesia había muchas caras conocidas que en ese momento no logré parear con nombres propios, títulos, ni edades. Era un mar ambiguo, un mar de ojos, un mar de pelo que ondulaba de chico a grande agravando cada vez más mis náuseas. Tu familia no vino de colores alegres, vino de colores pasteles, como tus labios.

Miré el techo. Me sentí pequeño bajo aquel cielo de cemento vasto y lejano. Comenzó la música. No la escuché pero la sentí. La busqué en el techo junto a una respuesta y no encontré nada. Ni a mí mismo. El silencio súbito me sacudió.  Y allí estabas, al final de la iglesia, a millas de distancia. En realidad no te veía, solo veía una luz blanca junto a una figura negra. De nuevo cerré los ojos con fuerza y hasta me llevé las manos a la cara. Sí, eras tú. Ese era tu padre junto a ti. Seguías tan lejos, tan blanca y según te acercabas brillabas más y más. Trajiste el pie derecho hacia adelante; te querías casar con tacos rojos. Luego moviste el izquierdo, firme, constante. Repetiste la jugada: derecho, luego izquierdo. Con cada paso se marcaba tu contorno sobre el encaje, tus rodillas, tus muslos, y la tela rebotaba entre el piso y tus caderas. Te acercaste más, cada vez más brillante, hasta que al fin vi tu cara clara, de colores pasteles. Sonreías pero no te vi alegre. Tus ojos líquidos encontraron los míos. Y me inundaste de tristeza y me ahogué en tus lágrimas reprimidas. Hasta que tú, amor, llegaste a mi lado. Te tomé de la mano, nos miramos y lloramos.


29/03/2013


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