Me llamaste a las
9:30 esa mañana. Me dolía la cabeza y la habitación giraba desenfocada sobre
mis hombros. Escuché tu voz pero no te entendí hasta que logré distinguir tus
palabras de entre el zumbido de mis oídos y el marullo de la calle. Me
hablaste, --Amor, ¿cómo estás? ¿Sigues dormido?-- Miré al otro lado de la
sala. Pedro estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta.
--No, ya me
estaba levantando,-- te mentí. Pedro levantó la cara cuando me escuchó.
Confundido, o tal vez asustado, intentó ponerse de pie tan rápido que tropezó
con una mesa y cayó al piso con los objetos que la ocupaban.
--¿Qué fue eso?
¿Estás bien?
Siempre te preocupas
por mí.
--Sí, ese fue
Pedro que se quedó aquí anoche.
--Qué bueno. ¿Él
sabe que siempre podrá quedarse con nosotros, verdad?—Siempre te preocupas por
todos. Sonreí a pesar de mi asfixie.
Me recordaste la
hora, el lazo, los papeles, los anillos y muchas cosas más que no olvidaría, en
su mayoría. Te despediste feliz y dijiste que nos veríamos en unas horas. Coloqué el teléfono sobre la mesa. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, Pedro
estaba frente a mí, él parado, yo sentado en el sofá, y me miró. –Vamos,--
dijo.
De nuevo cerré
los ojos con las mismas fuerzas de antes a ver si esta vez sucedía algo
diferente. Sentí que Pedro puso la mano sobre mi hombro. Cuando los volví a
abrir ya estaba frente al altar. No sé cómo transcurrieron las horas ni cómo
llegué allí. Solo sé que Pedro seguía a mi lado.
Cuando finalmente
logré enfocar la vista, miré a lo ancho de la iglesia. A la izquierda estaba mi
familia. Vi a mi padrino y su nueva esposa vestida de verde. Él miraba la nada
con su pelo tintado de negro mientras ella miraba el teléfono desinteresada. A
su lado estaban mis primas, ambas de tonos azules; hablaban entre sí haciendo
caras de fascinación, sorpresa, asco, de un sinnúmero de emociones al estudiar
los vestidos y peinados de las presentes. Luego vi a mi abuela vestida de rosa.
Se veía serena. Mi madre la acompañaba. Ya tenía el pañuelo sobre la falda.
Ella también vestía de verde. Quedaba un espacio vacío donde luego se sentaría
mi padre.
De tu lado de la
iglesia había muchas caras conocidas que en ese momento no logré parear con
nombres propios, títulos, ni edades. Era un mar ambiguo, un mar de ojos, un mar
de pelo que ondulaba de chico a grande agravando cada vez más mis náuseas. Tu
familia no vino de colores alegres, vino de colores pasteles, como tus labios.
Miré el techo. Me
sentí pequeño bajo aquel cielo de cemento vasto y lejano. Comenzó la música. No
la escuché pero la sentí. La busqué en el techo junto a una respuesta y no
encontré nada. Ni a mí mismo. El silencio súbito me sacudió. Y allí estabas, al final de la iglesia, a
millas de distancia. En realidad no te veía, solo veía una luz blanca junto a una
figura negra. De nuevo cerré los ojos con fuerza y hasta me llevé las manos a
la cara. Sí, eras tú. Ese era tu padre junto a ti. Seguías tan lejos, tan
blanca y según te acercabas brillabas más y más. Trajiste el pie derecho hacia
adelante; te querías casar con tacos rojos. Luego moviste el izquierdo, firme,
constante. Repetiste la jugada: derecho, luego izquierdo. Con cada paso se
marcaba tu contorno sobre el encaje, tus rodillas, tus muslos, y la tela
rebotaba entre el piso y tus caderas. Te acercaste más, cada vez más brillante,
hasta que al fin vi tu cara clara, de colores pasteles. Sonreías pero no te vi
alegre. Tus ojos líquidos encontraron los míos. Y me inundaste de tristeza y me
ahogué en tus lágrimas reprimidas. Hasta que tú, amor, llegaste a mi lado. Te tomé
de la mano, nos miramos y lloramos.
29/03/2013

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario