Cuando
me lavo el cabello
recojo
todo el pelo suelto
que se
enreda entre mis dedos--
y los
pego a la pared.
Pelos
muertos, tibios,
que se
dieron por vencidos
muy
pronto
y se
soltaron para caer--
algunos
desaparecen
por el
drenaje
desapercibidos,
otros
se deslizan
por mi
cuerpo
hasta
que logro
atraparlos
entre
los muslos--
y los pego
a la pared.
Así,
contra la pared.
Al
fin, con la punta del dedo
en un
único movimiento
sutil,
los junto todos
en un
gran nido oscuro,
mojado,
frío,
y lo
arranco de la pared.


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